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Macacos: ¿hasta qué punto se justifica su uso por beneficio del ser humano?

  • Foto del escritor: Valentina Araoz
    Valentina Araoz
  • 9 dic 2023
  • 5 Min. de lectura

Este 2023 se reabre, nuevamente, el eterno debate sobre el uso de animales para la experimentación



Después de que en 2021 se difundieran las terribles imágenes del laboratorio Vivotecnia de Madrid, que nos cautivaron a todos, y con ello, se reabriera el eterno debate de si se deribería utilizar, o no, animales de experimentación para beneficio del ser humano, el pasado mes de octubre, la organización antiespecista Abolición Vivisección publicó un informe acerca de Camarney, el mayor centro de distribución y experimentación con primates no humanos de Europa, que se encuentra en Camarles, Tarragona.


Se ha elaborado con datos proporcionados por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación sobre el número y el origen de los primates importados y exportados por este centro, y con otras informaciones aportadas por la Generalitat de Catalunya acerca de las instalaciones que albergan a los animales.


Este centro comenzó a operar en Camarles en 2003, en medio de la oposición vecinal y a pesar de que entidades antiespecistas y ecologistas trataron de impedirlo en los tribunales. Desde entonces, han pasado por Camarney unos 30.000 macacos de cola larga (Macaca fascicularis), una especie que en 2022 fue declarada en peligro de extinción por la IUCN y una de cuyas principales amenazas es precisamente su captura para experimentación. Hasta 2015, Camarney importaba los primates desde Mauricio y, a partir de entonces, lo hace también desde Vietnam.


Durante 2022 y la primera mitad de 2023, Camarney importó 4.898 macacos de cola larga de Mauricio y Vietnam. En ambos casos, los viajes duran como mínimo un día y medio. Los animales son transportados por carretera, luego en bodegas de aviones y luego por carretera de nuevo, encerrados en jaulas diminutas y en condiciones estresantes y peligrosas para su salud. Durante ese tiempo, apenas tienen acceso a comida ni agua, casi no pueden moverse y no entienden lo que está sucediendo. Los animales que sobreviven a estos viajes son a menudo reenviados a laboratorios españoles en otras ciudades o a diversos países de la Unión Europea. Durante 2022 y la primera mitad de 2023, Camarney exportó 3.651 macacos a Francia, Reino Unido, Holanda y Alemania.


Desde 2020, Camarney no solo importa y exporta animales, sino que también realiza experimentación en sus instalaciones, que actualmente está ampliando para poder albergar más individuos. Camarney es propiedad de Noveprim, y el 49% de Noveprim pertenece a Charles River Laboratories, uno de los gigantes del sector.


La organización Abolición Vivisección denuncia algunas irregularidades. Por ejemplo, que en los años 2006, 2007, 2012, 2015 y 2022 la Generalitat de Catalunya no realizó la inspección anual obligatoria de Camarney. En los años que sí realizó la inspección, detectó en algunas ocasiones que se habían hecho o se estaban haciendo obras sin pedir los permisos necesarios, incluso de edificios enteros que no aparecían en los planos. Además, se comprobó que algunos de los trabajadores encargados del “cuidado y atención” de los animales carecían de la titulación exigida por la ley. También se detectó en algunos casos que en el registro de los animales faltaban datos e incluso en alguna ocasión que si un animal fallecía, no se anotaban las causas ni los resultados de las necropsias. A su vez, se comprobaron deficiencias en aspectos de “bienestar animal”, como la climatización de las jaulas y salas de experimentación, los niveles de ruido y los ciclos de luz. Sin embargo, lo más preocupante no son estas irregularidades, sino el destino de los animales.


Los macacos de cola larga son animales salvajes que sufren enormemente en cautividad, tanto si han sido secuestrados de su hábitat como si han nacido en una jaula. Son animales con elevadas capacidades cognitivas, emocionales y comunicativas, que viven en grupos y establecen lazos sociales complejos y profundos con otros individuos. Arrancarlos de su hábitat, separarlos de su familia, encerrarlos en espacios diminutos y artificiales, impedirles tomar ninguna decisión sobre sus vidas, obligarles a reproducirse en esas condiciones y someterlos a experimentos dolorosos y estresantes, les causa un inmenso sufrimiento físico, emocional y mental.






Cuando la pandemia de COVID-19 se expandió por el planeta en 2020, se experimentó con una gran diversidad de animales y sobre todo con primates no humanos de varias especies, lo que incrementó un comercio que ya llevaba años al alza. Se estima que más de 100.000 primates son explotados en laboratorios de experimentación cada año. En la búsqueda de vacunas contra la COVID-19, se usaron tantos macacos de cola larga (Macaca fascicularis) y macacos Rhesus (Macaca mulatta) que llegó a haber escasez y los precios se dispararon. Diversos países están literalmente desvalijando sus propios ecosistemas salvajes para hacer dinero con la venta de primates. Entre ellos, China, Camboya, Vietnam, Indonesia, Mauricio y Perú.


En momentos en que la sociedad estaba angustiada por la pandemia, los portavoces de los experimentadores aprovecharon para desfilar por todos los medios de comunicación y defender la importancia del uso de animales. Sin embargo, no nos explicaron lo más importante: el covid es una enfermedad de origen zoonótico, que se originó en un mercado de animales vivos. Los mercados de animales vivos, en los que se amontonan en malas condiciones animales de muchas especies, a menudo heridos y moribundos, sangrando, orinando y defecando unos encima de otros, son un infierno para los animales, pero son también un paraíso para los patógenos, que pueden saltar de una especie a otra y aprovechar que el estrés de los animales debilita su sistema inmunitario. Muchos expertos habían advertido de que los mercados de animales vivos eran un riesgo para nuestra salud colectiva, especialmente después del brote del SARS en 2002. Si se hubieran cerrado los mercados de animales vivos, no habríamos tenido la pandemia de covid.


Actualmente, los expertos no dejan de advertir del riesgo de una pandemia de gripe aviar, que podría surgir de las granjas de cerdos, pollos o visones. Recientemente ha habido brotes de gripe aviar en una granja de visones española y en granjas de visones y zorros finlandesas, pero si finalmente acabamos sufriendo una pandemia de gripe aviar, los experimentadores nos dirán que necesitan usar animales para encontrar una vacuna. Y así es como los distintos negocios de explotación animal se retroalimentan entre sí y nuestra salud colectiva queda atrapada en un bucle de maltrato animal.


Ese bucle tiene dimensiones complejas, pues la mayoría de nuestras enfermedades infecciosas son de origen zoonótico y han surgido de prácticas como la ganadería y la caza. También podemos pensar en los problemas de salud que provocan la comida basura que abarrota los supermercados, la industria del tabaco y la contaminación ambiental. Preveniendo nos iría mejor, pero prevenir no es negocio.


Por otra parte, cada vez más científicos están denunciando que experimentar con animales con el fin de desarrollar tratamientos para enfermedades humanas no es eficaz. Un 95% de los medicamentos que funcionan en otras especies no funcionan en humanos y por tanto suponen una gran pérdida de tiempo y dinero. Numerosos científicos reclaman un cambio de paradigma hacia métodos sin animales, y cada vez más centros y organizaciones se dedican a desarrollarlos y promocionarlos: Red Española para el Desarrollo de Métodos Alternativos a la Experimentación Animal (REMA), Phyisicians Committee for Responsible Medicine o Ärzte gegen Tierversuche, son algunas de ellas.


Cabe destacar también, que la inmensa mayoría de los experimentos ni siquiera tienen como objetivo mejorar nuestra salud: muchos de ellos son experimentos militares para el desarrollo de armamento, investigaciones al servicio de la industria ganadera y piscícola para aumentar la “productividad” o estudios de ciencia básica sin ninguna aplicación práctica a la vista, que a menudo solo sirven para mantener a flote la carrera académica de los científicos.


Si en medio de toda esta irracionalidad sistémica podemos mantener un cierto grado de optimismo, es porque existen organizaciones como Abolición Vivisección y Cruelty Free International, entre otras, y personas como Carlota Saorsa, que tienen la racionalidad y la valentía de denunciar la barbarie de la experimentación. Y porque hay también muchos científicos creativos e instituciones innovadoras trabajando en el desarrollo de métodos de experimentación sin animales, que son el futuro que necesitamos.

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